Extraña en tierra extrangera por Navidad


Pasé tiempo de las Navidades en tierra gallega, intentando huir de la tristeza que siempre me acompaña por estas fechas y también un poco de mi familia con lo que estos tiempos supone reuniones amplias en las que a veces lo que más inunda es la hipocresía y el mero hecho formal de las celebraciones.
Bienvenidos a mi mundo hipocresía.


Pasé unos días increíbles en los que me acompaño mi niña ya que viajábamos a un pueblito costero de pesca. Era muy relajante oír las gaviotas al despertar, salir al balcón a fumar el primer pitillo de la mañana mirando aquel fabuloso paisaje. Creo que han sido de los pocos días que me he sentido bien al despertar. Esos, y aquellas mañanas que dormíamos en una cabaña de camping en las que nada más despertar salía al jardín y veía aquel bosque de fornidos árboles. Ains, que me pongo melancólica.

Sin embargo, al estar allí me di cuenta que aquél tampoco era mi lugar. Huí de las reuniones familiares, para unirme a más reuniones amistosas, si es que así pueden llamarse, en las cuales yo siempre quedaba al margen por no poderme comunicar en mi idioma o más bien porque no querían comunicarse ellos en mi idioma. Entiendo que en los pueblos las cosas son así, pero no sé... eran gente joven, yo pensaba que éramos de mente abierta y que la gente joven era la que un día cambiaría el mundo, lástima.

Lo que me hizo replantearme muchísimas cosas y a pesar de todas las cosas malas que me acontecieron en mi tierra, eché de menos desde a mis mejores amigos que estaba volviendo a recuperar, hasta el que peor me caía de mi familia.

A pesar de ello y sobre todo gracias a uno de mis mejores amigos que me condujo a través de bosques más bien pantanosos porque aunque el día había amanecido soleado, el anterior había llovido, dejándonos un pequeño obsequio.
Y ahí estabamos la chica de ciudad y el chico de pueblo compartiendo mundos. Andamos un ratín hasta llegar a una playa donde nos tumbamos en las rocas mientras el sol bañaba nuestros cuerpos. Cosa que echaba de menos, puesto que como ya dije creo anteriormente tengo carencia de tierra y de luz ya que donde vivo no es fácil encontrar las dos cosas a la vez.

Entonces, allí estaba la tierra y el sol para fortalecerme y la presencia de mis guías siempre tan entrañable. Es curioso cuanto tiempo me sentí olvidada por el mundo y ahora
cada día puedo sentir con más fuerza que no estoy sola gracias a sus presencias. Entonces, oí hablar a la tierra y al mar y los seres de la naturaleza que cerca se encontraban y me puse muy contenta, hacia mucho tiempo que no los percibía. Y cuando me refiero a hablar, no es exactamente un lenguaje hablado, sino más bien una festividad de energías amigas que te envuelven.

Y pude oírlo claro y así confirmar mis sospechas sobre que aquella tierra estaba enferma por hechos que ocurrieron en el pasado, que tampoco tiene porque ser en un pasado cercano, sino más bien yo creo que es remoto. Entonces, empecé a ponerme nerviosa, pero todos me rodearon con más energía fortalecedora para decirme que no debía de tener miedo. Y luego el mar estalló como un niño chico que gritaba en mis oídos.

Una experiencia recomendable para aquellos que aman la naturaleza: Sentarse con el culo pegado a la tierra y viajar hacia el interior. Sentarse o tumbarse como gustéis. "Asentarse" bien sobre nuestra madre tierra, ya vale de caminar simplemente por ella como si cargáramos a cuestas todo el peso del mundo.

Continuará. Más adelante os explicaré como asentarse sobre la tierra, meditación, sueños, etc.